El Arcángel parece una obra abandonada. Desde la carretera se ve la colmena de su fachada, las placas que cubren apenas su rostro gris. Barandillas oxidadas y prisas. Un templo bombardeado en la orilla de la autovía. Un cinturón de tierra y carreteras sin retorno, una desolación de cemento, una isla muerta en mitad de ninguna parte. Un campo misterioso, lejano, nebuloso e insustituible.

estadio-arcangelLo que pasa dentro del estadio poco tiene que ver con su desvencijada piel. La humildad es un espacio indescifrable. En el Arcángel siempre pasan cosas. Algunas te hielan la sangre, otras la hacen bullir. No hay término medio sobre el césped de nuestro estadio. Hemos jugado bien y perdido, hemos jugado mal y ganado. El fútbol es un deporte nigromántico y enloquecedoramente inasible. Por eso nos gusta, porque cruzar las puertas de aquel monumento al despropósito nos conduce siempre a sitios desconocidos.

Cada aficionado esconde su propio mundo. Uno viene solo, casi de incógnito. Sin colores, sin pipas. Se sienta y ve el partido con imperturbable serenidad. Otro arrastra a su hijo de la mano. Otro, ya anciano, sube las escaleras con dificultad y no deja de vocear en todo el partido. En una esquina de la grada, una pandilla de irreductibles uniformados se queda afónica cada fin de semana. Hay familias completas, cada vez más mujeres, niños con carteles domésticos para pedir camisetas. Cada uno arrastra al campo sus ilusiones y sus prejuicios. Su fetichismo y su ojeriza. El que hace tres años llamaba borracho a Xisco, la temporada pasada lo aplaudió de pie. Quien pidió fichajes, ahora los cuestiona. El fútbol es un laberinto y las emociones se retuercen de domingo en domingo.

El Córdoba es un club indescifrable y así hay que quererlo. Subimos a Primera un año en el que nadie soñó con subir y bajamos cuando todos soñábamos con la permanencia. Cristiano Ronaldo se sacudió el escudo sobre el césped del Arcángel. Qué va a saber él de la lucha clandestina en las tripas de nuestro estadio. De este peregrinar oscuro, de la Segunda B, de las promesas rotas, de un dinero que no llega, de jugadores que se arrastran extenuados. Tantos huecos sin llenar, un futuro tan hermético.

Los pesados vuelos de Avelino Viña. Las cargas trotonas de Javi Moreno. Florin Andone escorando el cuerpo antes de ponerla en el palo largo del portero. Roberto imponiéndose en el área con un rival taponándole el salto. Los desmarques de Loreto. El desgaste suicida de Espejo. Aquella falta lejana de Ramos que encendió la antorcha en lo más profundo del túnel. Las fotografías se amontonan en la memoria. Sólo por esto mereció la pena llenar las gradas del estadio.

El estadio sigue incompleto por fuera pero a rebosar por dentro. Quién puede pedir más a una afición acostumbrada a las cloacas del fútbol. Mientras en la televisión escupen noticias insustanciales sobre el Barcelona, el Madrid o el Atlético, en nuestra ciudad despierta el entusiasmo conforme se va acercando el fin de semana. Como un rumor confuso, certero y liviano, estruendoso y mudo. El Córdoba es un tobogán íntimo. Con él nos lanzamos sin pensar en donde apoyaremos los pies al final de la caída. Está bien así. El templo de fachada corrompida y el alma con resplandor dorado. Blanco y verde. Luz y esperanza.

ANTONIO AGREDANO